Un debate presidencial con una notoria ausencia presente

Se realizó el domingo pasado el debate entre candidatos presidenciales.

Es una actividad habitual en otros países, pero sin antecedentes en el nuestro. En los Estados Unidos, los debates por televisión entre los candidatos a presidente se remontan al 26 de septiembre de 1960, cuando confrontaron Nixon y Kennedy.

Para algunos, el mal desempeño del primero fue decisivo para que perdiera las elecciones. Mal desempeño en el sentido en que se evalúan estos enfrentamientos, en los que además de la solidez argumental juegan un papel muy importante la imagen, la gestualidad, la soltura. De hecho, un conocido consultor suele decir que habría que mirarlos sin audio para comprobar quién estuvo mejor.

En aquel debate inicial, Nixon desdeñó el poder de la imagen. Casi no se preparó, confiado en su mayor experiencia que su rival, usó un traje gris que no se destacaba en la televisión en blanco y negro, y rechazó que lo maquillaran. Kennedy llegó mejor vestido, bronceado y con un cúmulo de frases de impacto.

¿Quién fue el gran protagonista del debate del domingo? Sin dudas, Daniel Scioli, a su pesar. Porque su ausencia, enfatizada permanentemente por el atril vacío, fue una presencia constante.

¿Por qué no asistió Scioli? La razón no hay que buscarla tanto en su mediocre nivel discursivo, sino en la posición en la que llega como candidato. Por un lado, él representa al oficialismo, del que no puede despegarse en forma clara, a riesgo de perder parte de su propia base electoral; por el otro, necesita que un sector del electorado perciba que él es otra cosa y que sus reiteradas muestras de lealtad a los Kirchner no han sido más, en estos doce años, que gestos dictados por la conveniencia. Scioli debe ser uno para los kirchneristas y otro para el resto. Esa ambigüedad, que ha labrado con constancia digna de mejor causa, podía ser expuesta de manera muy evidente por sus adversarios si participaba del debate.

Claro que el costo de no debatir también es alto. Su ausencia fue todo el tiempo remarcada. Para peor, los argumentos que esgrimió para justificarla son aún peores que esa ausencia. Uno de ellos es el colmo del disparate: que no puede debatir porque no hay una ley que regule los debates. Una curiosa interpretación del principio de legalidad. Si fuera consecuente con ella, ni podría ir al baño, porque no hay ley que determine esa obligatoriedad.

No hubo agravios en el debate. Los candidatos se expresaron con moderación, lo que es positivo. Cada uno se mantuvo dentro de las líneas argumentales que viene exponiendo.

Sin embargo, fue Mauricio Macri el único que puso el foco, sin necesidad de palabras destempladas ni de un tono altisonante, en el punto esencial. Al advertir que Scioli hace trascender en círculos económicos del exterior que desarrollará una política económica opuesta a del gobierno kirchnerista y, al mismo tiempo, convalidar las acciones del gobierno nacional que profundizan las medidas populistas, se preguntó: ¿quién va a gobernar en la Argentina?

Aunque Macri no lo haya mencionado, seguramente habrá recordado que la misma pregunta se formuló Raúl Alfonsín en el histórico acto en la avenida 9 de Julio días antes de las elecciones de 1983, cuando señaló la diversidad de tendencias - contradictorias entre sí - que albergaba el peronismo.

En síntesis, una primera experiencia que deberá mantenerse y mejorarse. Pero es la propia sociedad la que debe exigir el debate y penalizar con su voto a los que lo rehuyan. Sería absurdo -y de dudosa constitucionalidad- que se fijara por ley la obligación de debatir.

Viernes 09 de octubre de 2015

Dr. Jorge R. Enríquez
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