El discurso de siempre, pero el último

El discurso de apertura de las sesiones ordinarias pronunciado por Cristina Kirchner no tuvo nada que pudiera sorprender.

Como siempre, la presidente se comportó como si encabezara un acto partidario, no un acto institucional establecido por la Constitución. No le importó que estuvieran presentes no solamente representantes de todo el arco político, sino también los ministros de la Corte Suprema.

El tono, informal y a veces chabacano, fue impropio de una presentación que debe tener no acartonamiento, pero sí cierta solemnidad. La duración fue también una falta de respeto a los asistentes y a los argentinos en general, dado que la cadena nacional cercena la libertad de mirar y escuchar lo que se quiera. Hablar más de tres horas no tiene sentido alguno; solo indica la enorme importancia que el orador se atribuye a sí mismo. Por lo general, los discursos muy extensos corresponden a autócratas. El "State of the Union", que es el discurso equivalente que dan los presidentes norteamericanos, no suele durar más de una hora.

Por cierto, esa extensión no tuvo ningún correlato con la trascendencia del contenido. Este, como era de prever, fue pobre y deshilvanado. La autorreferencialidad fue la norma. El "yo" signó las abrumadoras palabras presidenciales, que no versaron sobre el estado de la Nación, sino sobre el estado de una persona, que se identifica con la Nación y la democracia. Por lo demás, el pasado acaparó la casi totalidad de la exposición. El kirchnerismo vive en el pasado y el pasado (o una visión muy particular y extraña del pasado) es todo lo que tiene que ofrecer.

No faltaron las fatigosas cifras, que siempre toman como punto de comparación el momento más intenso de la crisis de 2001-2002 y que son generalmente incomprobables o erróneas, como lo son las mediciones del INDEC en las que se basan.

Como anuncios, no hubo otro que la estatización del servicio ferroviario, que no agrega más que alguna formalidad a la situación hoy existente. La presidente celebró ruidosamente esta supuesta hazaña y hasta se permitió bromas y chicanas sobre Mauricio Macri y Federico Pinedo, pero olvidó que fue su partido el que en los noventa lo había privatizado, sin que se conozca ninguna declaración del matrimonio austral de esa época que se opusiera a la iniciativa. Al contrario, es bien conocida la alineación que los Kirchner tenían entonces con Carlos Menem y Domingo Cavallo.

Por último, la señora de Kirchner se exaltó cuando vio unos carteles que pedían la apertura de los archivos de la AMIA y dijo a los gritos que ella habla de la AMIA desde hace 21 años. Pero no logró explicar lo inexplicable: el giro de su gobierno respecto de Irán y el insólito memorándum que firmó con ese país. No es el fallecido fiscal Alberto Nisman el que cambió, como señaló ella con pésimo gusto, toda vez que el fiscal muerto ya no puede responderle. Inclusive, llegó a sugerir que el de la embajada de Israel fue un autoatentado, como sostienen los sectores antisemitas.

En fin, nada que sorprenda a esta altura. Inclusive, teniendo en cuenta algunas versiones previas, no hubo ninguno de esos proyectos demenciales sobre la justicia que habían circulado. Es decir, pudo ser peor. Igualmente, fue malo. Será que nos hemos ido acostumbrando.

Viernes 06 de Marzo de 2015

Dr. Jorge R. Enríquez
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